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Polka Dots: algunos patrones no tienen época

Polka Dots: algunos patrones no tienen época

En el siglo XIX era considerado peligroso. No en el sentido literal, sino en el sentido de que lo usaban los que estaban fuera del sistema: los músicos de feria, los acróbatas, los que vivían al margen de lo que la burguesía consideraba buen gusto. El círculo repetido sobre tela era señal de algo que no encajaba. Por eso resultaba tan irresistible.

Fue Yayoi Kusama quien le devolvió la dimensión filosófica que siempre había tenido. Para ella los lunares no eran estampado, eran cosmología. "La tierra es un lunar. El sol es un lunar. La luna es un lunar", escribió en sus memorias. Cuando empezó a cubrirse el cuerpo y las habitaciones enteras con círculos, no estaba haciendo moda. Estaba haciendo una pregunta sobre dónde termina una persona y dónde empieza el mundo.

Pero el lunar también supo ser completamente mundano y completamente glamoroso al mismo tiempo. Brigitte Bardot en Saint-Tropez con su bikini de lunares blancos y negros. Audrey Hepburn eligiéndolo para momentos que no eran de protocolo. La mujer anónima de los cincuenta en la foto de la playa, esa que aparece en todos los archivos de moda como ejemplo de algo que no tiene nombre exacto pero que todo el mundo reconoce.

Christian Dior lo usó en el New Look para hacer del cuerpo una composición casi geométrica. Hoy Jacquemus, Simone Rocha y Valentino lo retoman con la misma convicción de siempre. El círculo no evoluciona, simplemente encuentra a cada generación exactamente donde está.

Hay patrones que son tendencia y patrones que son otra cosa. El lunar pertenece a esa segunda categoría, la de las cosas que no necesitan que la moda las valide porque ya existían antes de que la moda supiera qué hacer con ellas.

En Moner pensamos en el terciopelo de la misma manera. No como una elección de temporada sino como una materialidad que tiene su propia lógica, su propia historia, su propio peso. Cuando ambos se encuentran, el lunar y el terciopelo, el patrón y la textura, el resultado no es vintage ni moderno. Es simplemente inevitable.