Gala antes de Gala: lo que una niña rusa vio y calló

Gala antes de Gala: lo que una niña rusa vio y calló

En 1912, una joven rusa de dieciocho años llamada Elena Ivanovna Diákonova llegó al sanatorio de Clavadel, en los Alpes suizos, enviada a tratarse una tuberculosis que por entonces era casi sentencia. Ahí, entre pacientes que tosían sangre y médicos que recetaban aire de montaña como única cura, conoció a un joven poeta francés internado por el mismo mal: Eugène Grindel, que años después firmaría sus versos como Paul Éluard. Se casaron en 1917. Fue él quien empezó a llamarla Gala, el nombre que terminaría por comerse al de Elena por completo.

Pero antes de Clavadel, antes de Éluard, antes de que el mundo del arte supiera que existía, hubo una niña en Moscú que veía cosas que nadie más veía. En el diario que dejó escrito, ella misma vuelve a esa infancia y describe apariciones concretas, algo que se le presentó una vez y que no volvió a mencionar de la misma forma en ningún otro escrito suyo conocido. No lo explica del todo. Lo deja ahí, como una puerta entreabierta. La Rusia de finales del siglo XIX vivía además una fascinación particular por lo invisible: el espiritismo de Allan Kardec circulaba en los salones burgueses, las sesiones de mesa giratoria eran entretenimiento de sobremesa, y en la corte del último zar una figura como Rasputín construía su poder entero sobre la promesa de ver lo que otros no podían. En ese ambiente, una niña con visiones no era necesariamente una rareza: era, según con quién hablara, una posible vidente o una imaginación demasiado despierta.

Esa misma sensibilidad terminó encajando con precisión quirúrgica en el círculo que la esperaba en París. Los surrealistas, reunidos oficialmente en 1924 bajo el manifiesto de André Breton, habían convertido el inconsciente, los sueños y la escritura automática en materia prima artística. Elena (Gala), no llegó a ese mundo como espectadora: vivió durante años en una casa compartida con Éluard y el pintor Max Ernst en Eaubonne, a las afueras de París, en una convivencia que la propia vanguardia consideraba coherente con sus ideas sobre el amor libre. Ese mismo 1924, Ernst la retrató en un cuadro que tituló simplemente Gala Éluard, años antes de que el nombre Dalí se le atribuyera a ella como si fuera un apellido más. Cuando conoció a Salvador Dalí en 1929, en Cadaqués, once años menor que ella, Gala ya no era una debutante en ese mundo. Era, en varios sentidos, más experta en él que el propio Dalí.

El diario que hoy permite asomarse a esa infancia rusa se publicó recién en 2011, casi treinta años después de su muerte, de la mano de Galaxia Gutenberg, con prólogo de la historiadora del arte Estrella de Diego y epílogo de Ignacio Vidal-Folch. Antes de ese libro, Elena (Gala) existía sobre todo como superficie pintada: el rostro repetido en decenas de lienzos de Dalí, la firma que autorizaba o vetaba negocios, la mujer que vivía sola en el castillo medieval de Púbol, en Girona, donde Dalí solo podía entrar con permiso escrito de ella. Murió ahí en 1982. El diario es lo más cercano que existe a escucharla hablar en primera persona sobre quién fue antes de convertirse en la mitad silenciosa de una firma ajena.

Hay historias de mujeres que se cuentan en voz baja durante décadas. En Moner no hay voz baja ni susurros: queremos contarte cada proceso, visibilizar el trabajo artesanal que hacen Trinidad, Luzmi y Pía con sus manos, la visión que me heredó mi mamá, Jessica, de crear piezas desde cero, el arte de contar historias de Juan y las mujeres que nos han inspirado en el camino. Hay suertes, y hay historias, que se llevan puestas.