El miedo que se volvió firma

El miedo que se volvió firma

Yayoi Kusama nació en 1929 en Matsumoto, Japón, en una familia acomodada dedicada al negocio de las plantas. Desde niña experimentó visiones que ella misma describió después en su autobiografía: un día, tras mirar un mantel con flores rojas, vio ese mismo estampado repetirse por todo el techo, las ventanas y las columnas de la habitación, hasta cubrirle el cuerpo entero. En vez de asustarse y guardarlo, empezó a pintarlo. Tenía apenas diez años. Su madre, que quería una hija casada y no una pintora, le quitó los materiales más de una vez. Kusama siguió de todas formas.

En 1957 dejó Japón rumbo a Nueva York, destruyendo antes gran parte de sus primeros trabajos. Ahí desarrolló sus "Infinity Net", telas cubiertas de miles de marcas repetidas hasta los bordes del lienzo.

En 1969, sin pedirle permiso a nadie, organizó una intervención no autorizada en el jardín de esculturas del MoMA: cubrió de sus característicos puntos los cuerpos desnudos de un grupo de performers y los hizo posar entre las esculturas de Picasso y Giacometti, como protesta contra un museo que solo parecía interesarse en artistas ya muertos. Salió en la portada del diario al día siguiente. El MoMA tardó treinta años en darle su primera muestra oficial.


Hubo años, más de diez, en los que su obra quedó prácticamente olvidada. En algún momento de su vida adulta, decidió instalarse a vivir en un hospital psiquiátrico en Tokio, por voluntad propia, y siguió creando desde ahí sin interrupción. No lo escondió ni lo disfrazó: dijo abiertamente que sentía miedo todo el tiempo, de todo, y en la misma frase agregó que seguiría peleando por su arte hasta el final. A fines de los ochenta llegó, por fin, la revalorización que su trabajo llevaba esperando desde los sesenta.

Sus lunares terminaron cubriendo salas enteras, calabazas gigantes, espejos infinitos, hasta una colaboración con una casa de moda francesa. Lo que empezó como una visión que la aterraba de niña se convirtió, con los años, en un lenguaje propio, reconocible en cualquier parte del mundo con solo un punto repetido al infinito.

Kusama demostró que puedes convertir justo lo que te da miedo en lo que te hace reconocible. Nuestra chinita lleva sus lunares a su manera. Las dos encontraron que un punto repetido puede convertirse en una firma imposible de confundir con cualquier otra.