A fines de la década de 1790, las mujeres europeas enfrentaban un problema de diseño bastante concreto. Los vestidos estilo Imperio que se pusieron de moda en esos años, de talle alto, telas finas y ceñidas al cuerpo, ya no dejaban espacio para los bolsillos amplios que antes se ataban a la cintura y se escondían bajo las faldas. La solución que encontraron fue simple: una bolsita pequeña, cerrada con un cordón, que se llevaba colgada de la muñeca o del brazo. La llamaron réticule, del francés, que a su vez venía del latín reticulum, "bolsa de red" porque las primeras versiones, entre 1795 y 1820, se tejían literalmente en malla.
El nombre no duró mucho sin competencia. Muy pronto, sobre todo en boca de los hombres de la época, empezó a circular un apodo menos amable: ridicule. El origen exacto del chiste se perdió, pero la explicación más citada apunta a un juego de palabras con el término francés original, mezclado con la idea de que resultaba absurdo llevar a la vista lo que antes se guardaba oculto bajo la ropa. Las cartas y textos de la época que usan la palabra "ridicule" para referirse al bolso fueron escritas, casi todas, por hombres. Las mujeres, mientras tanto, siguieron usándolo. Lo bordaban, lo tejían con cuentas, lo hacían ellas mismas en casa como parte de las labores de aguja que se esperaban de una dama educada. El apodo burlón terminó siendo, con el tiempo, más una nota de pie de página que una amenaza real a la costumbre.
El material fue cambiando con los años: primero red, después seda, y desde aproximadamente 1810, también terciopelo. Para 1864, la forma ya estaba completamente asentada en la cultura popular europea. Una revista de moda alemana de ese año, Der Bazar, dedicó una página completa a mostrar esta misma silueta redonda y fruncida, cerrada con cordón y rematada en borlas, esta vez como bolsa de tabaco para hombre prueba de que el diseño había cruzado incluso la línea de género que originalmente lo definía. Décadas después, los libros de patrones de costura seguían enseñando variaciones casi idénticas, con instrucciones que recomendaban seda, satén o terciopelo, cerradas siempre de la misma forma: sin hebillas, sin broches, solo un nudo.
Lo que resulta llamativo, visto en perspectiva, es cuánto ha sobrevivido esta construcción sin apenas cambiar. No necesitó nunca metal, ni cierre, ni bisagra. Funciona exactamente igual hoy que hace doscientos treinta años: se frunce la tela, se anuda el cordón, y eso basta para que algo quede guardado y protegido. La moda actual la rebautizó bucket bag, y volvió a instalarse con fuerza en las pasarelas y vitrinas de esta temporada, presentada casi siempre como una novedad. No lo es. Es, probablemente, una de las formas de bolso más antiguas que sigue en uso ininterrumpido, disfrazada cada cierto tiempo con un nombre nuevo.
En Moner tomamos esa misma construcción de casi tres siglos y la hicimos nuestra: terciopelo cosido a mano, en tres tonos propios, oliva, oro y moro. Nuevos detalles, sin perder el diseño clásico. Unidades limitadas, como corresponde a algo que ha demostrado, generación tras generación, que no necesita reinventarse para seguir siendo exactamente lo que hace falta.